Como no podía ser de otra forma, la primera entrada de este blog va destinada a los emprendedores, esa raza de personas que, dado el contexto económico en el que nos encontramos, parece situarse al borde de la extinción. Nada más lejos de la realidad; me explico: ser emprendedor es algo que se lleva dentro, y son precisamente las actuales circunstancias de incertidumbre e inestabilidad las que pueden dar el empujoncito definitivo que nos lleve a montar un negocio propio. En todo mercado existen oportunidades, es función del emprendedor el saber encontrarlas y explotarlas.
Así pues, empecemos. A la hora de montar un negocio, hemos de tener claro un concepto primordial: la idea. Ésta ha de ser el motor de nuestra empresa, el eje sobre el que giren nuestran aspiraciones, cálculos y esfuerzos. Hemos de procurar que sea original, algo que nos diferencie del resto, porque, no nos engañemos, estamos ante un mercado saturado en el que, si somos capaces de encontrar un nicho de clientes potenciales más o menos libre, nos será más fácil asentar nuestro proyecto. Pero para que nuestra empresa funcione, no todo consiste en la idea, sino que el trabajo, el esfuerzo, la capacidad de superar adversidades y, sobretodo, la facilidad que tengamos de adaptarnos al cada vez más fluctuante mercado, son los factores que realmente marcarán nuestras posibilidades de éxito.
Una vez tenemos la idea, "sólo" nos queda ponerla en práctica. Aquí es donde realmente tenemos que sentarnos y analizar todos los factores que van a intervenir: identificar a los posibles clientes, inversiones necesarias, recursos de los que disponemos, etc. Existen varios instrumentos que facilitan esta ardua tarea, pero el más eficaz es el plan de empresa. Un plan de empresa es un estudio de lo que va a ser nuestro negocio, analizando todos los factores de manera realista y ajustando las variantes a las circunstancias que marquen el mercado. Este plan de empresa conviene que lo realicen profesionales, dada la complejidad que conlleva, si queremos que sea fidedigna y se ajuste a la realidad.
Hoy en día, el principal problema con el que se encuentra el emprendedor son las fuentes de financiación. Las entidades financieras se muestran en general reacias a financiar nuevos negocios, debido al riesgo inherente a los mismos. Nuestro mecanismo para tratar de convencerlas es ofrecer un proyecto serio, con un plan de empresa minucioso y bien elaborado, y mucho entusiasmo.
Las diferentes administraciones públicas (ayuntamientos, Comunidades Autónomas, Estado), ofrecen asimismo subvenciones que nos pueden ser muy útiles en este complicado inicio. Por desgracia, cada vez encontramos menos subvenciones debido a las reducciones presupuestarias, por lo que hemos de tratar de tirar adelante nuestra empresa sin depender de ellas.
También podemos encaminar nuestros esfuerzos de financiación hacia los inversores privados, también llamados bussiness angels, sobretodo en proyectos de investigación, ya que suelen ser los negocios que generan más valor añadido.
Bueno, si tenemos todo esto claro, ya podemos empezar con nuestro negocio. Para ello hemos de decidir la personalidad jurídica que le queremos dar (persona física, o autónomo, persona jurídica, etc.). En posteriores entradas analizaremos cada forma jurídica en profundidad.
Aunque parezca complicado, si se tiene ilusión por empezar un proyecto y, sobretodo, ambición por mejorar, estos pasos que he detallado con anterioridad se logran superar. Ante nosotros se presenta el gran reto de conseguir crecer dentro de un torbellino de inestabilidades que, incluso sin darnos cuenta, nos ofrece un mundo de posibilidades que hemos de tratar de aprovechar. Unas veces el mercado nos tumbará, otras lo harán la falta de recursos o que, simplemente, nuestra idea no funcione. No hay que desesperar por ello, ya que querer es poder.
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