La sociedad española ha sido tradicionalmente poco valiente a la hora de abrir negocios. Somos, en general, un pueblo conservador laboralmente hablando. El alto porcentaje de funcionariado así lo corrobora. Buscamos la seguridad de un sueldo y tendemos a no querer arriesgar en nuestras decisiones para no perder lo que tenemos como seguro.
En este sentido, la crisis se está convirtiendo en una oportunidad única para despertar nuestro espíritu emprendedor. Ante el hecho de quedarse en el paro, muchos profesionales están decidiendo intentar la aventura por su cuenta, empeñando sus ahorros con el objetivo de salir adelante, de labrarse un futuro.
Emprender significa comenzar, y siempre que se ha de empezar algo en la vida, se necesita de un aprendizaje, algo de lo que carecemos dada la escasa tradición que tenemos de crear negocios. En otros países, como en Estados Unidos, es una práctica habitual crear desde bien jóvenes pequeños negocios con mayor o menor fortuna; pero de eso se trata, de acertar y equivocarse. Por desgracia, ante la situación económica en la que nos encontramos, disponemos de escaso margen de error, ya que no tenemos capacidad económica para equivocarnos.
En esta coyuntura, muchos colegios e institutos están empezando a impartir como asignatura clases de economía y empresa: se intenta inculcar el espíritu emprendedor en las nuevas generaciones para que en el futuro les sea más sencillo adoptar la decisión de crear un negocio. No se trata de que sea una decisión traumática que tengamos que tomar con temor, sino que ha de ser la consecuencia de un proceso natural, en el que sea tan normal buscar trabajo como el crearlo por cuenta propia, cosa que de momento no se produce.
Poco a poco se está observando una evolución en nuestra cultura empresarial, y esperemos que ésta se acentúe en el futuro, favoreciendo una sociedad con mayor capacidad de adaptación a los ciclos económicos que asuma con naturalidad el riesgo y la innovación.
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